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El Sinsentido de lo Paranormal
publicado en 09/10/2004

Autor: Martín Fragoso

El Círculo de Viena trató de sistematizar el fundamento del conocimiento. Su principal arma fue el análisis lógico del lenguaje; los integrantes del Círculo descubrieron que los problemas tradicionales de la filosofía carecen de sentido. En este ensayo compararé el sinsentido de la filosofía con el sinsentido de los alegatos de supuestos milagros y el sinsentido de las proposiciones acerca de lo paranormal.

 

EL IMPOSIBLE DESTIERRO DE LA METAFÍSICA 

“Positivismo lógico” es como nombró el filósofo Herbert Feigl a la escuela de pensamiento a la que perteneció. Los orígenes del llamado Círculo de Viena se remontan a 1907. En aquel año, el físico Philipp Frank y el matemático Hans Hahn comenzaron a reunirse para discutir sobre filosofía de la ciencia. En 1922 se les unió el físico Moritz Schlick y entonces las reuniones se hicieron de manera más frecuente. El también físico Rudolph Carnap se incorporó al Círculo en 1926. Para 1928 el grupo toma el nombre de Sociedad Ernst Mach. El objetivo de la Sociedad Ernst Mach era propagar la visión científica del mundo. 

Este objetivo queda de manifiesto en el escrito que preparan para darle la bienvenida a Schlick (durante un tiempo estuvo en Estados Unidos) en 1929. Dicho artículo lleva por título “La visión científica del mundo: el Círculo de Viena”. En su manifiesto mencionan a Hume, Poincaré, Einstein, Mach, Leibniz, Russell y Marx, entre otros, como sus influencias.  

Para ese momento el Círculo de Viena estaba integrado por los matemáticos Gustav Bergmann, Karl Menger, Marcel Natkin, Kurt Gödel, Olga Hahn-Neurath y Hans Hahn; los filósofos Friedrich Waismann, Herbert Feigl y Theodor Radakovic; los físicos Rudolf Carnal, Philipp Frank y Moritz Schlick; el historiador Viktor Kraft; y el sociólogo Otto Neurath. Posteriormente se unieron otros personajes. También aparece en este manifiesto una lista de simpatizantes. Albert Einstein, Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein son considerados los principales representantes de este movimiento intelectual. 

Los primeros escritos aparecieron cuando se llamaban Sociedad Ernst Mach, los que posteriormente aparecieron en la revista “Erkenntnis” (Conocimiento), que después pasaría a llamarse “Journal of Unified Science”. La Sociedad Ernst Mach o el Círculo de Viena se desintegró a finales de la década de los 30 del siglo XX sin haber logrado su objetivo: encontrar y sistematizar el fundamento del conocimiento. 

¿Por qué no lo lograron? ¿Cuál fue el problema que no pudieron resolver? Debemos comenzar diciendo que el Círculo se mostraba optimista en cuanto a la labor que deseaban realizar.  

Era el momento preciso, pues se contaba con las herramientas intelectuales que habían faltado en el pasado. Después de esto la filosofía se transformaría. Estábamos a punto de ser testigos del viraje de la filosofía. Existían ya los medios para lograr fundamentar el conocimiento, y estos medios no habían aparecido de la nada y en un solo momento. 

Schlick menciona: “Leibniz vio confusamente su principio. Gottlob Frege y Bertrand Russell abrieron tramos importantes en las últimas décadas, pero el primero en avanzar hasta el punto de viraje decisivo fue Ludwig Wittgenstein...”. 

¿Con qué arma contaban los integrantes del Círculo? Con el “Tractatus Logico-Philosophicus”. Wittgenstein resuelve los problemas de la filosofía y así lo manifiesta en su Tractatus: “Soy, pues, de la opinión de haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas”.  

¿Cómo lo hace? Se percata del absurdo que envuelve a los problemas filosóficos: “La mayor parte de las proposiciones e interrogantes que se han escrito sobre cuestiones filosóficas no son falsas sino absurdas. De ahí que no podamos dar respuesta en absoluto a interrogantes de este tipo, sino sólo constatar su condición de absurdos”. Es decir, se percata de que los problemas filosóficos carecen de sentido.  

¿Qué significa tener sentido? “Tener sentido significa ser verdadera o falsa: el ser efectivamente verdadera o falsa constituye la relación de la proposición con la realidad, que nosotros significamos diciendo que tiene sentido”. Una proposición que no puede ser formulada de manera que en algún momento sea posible decidir si es verdadera o falsa, carece de sentido. 

Al comprender nuestra lógica lingüística, Wittgenstein y los miembros del Círculo de Viena llegan a la conclusión de que todos los tradicionales problemas de la filosofía son en realidad pseudoproblemas. Esto lo veremos con mayor detalle más adelante. 

Wittgenstein distingue entre lo que puede ser expresado mediante proposiciones con sentido y lo que sólo puede ser mostrado: “El punto fundamental es la teoría de lo que puede ser expresado mediante proposiciones –esto es, mediante el lenguaje– (y, lo que es lo mismo, lo que puede ser pensado) y lo que no puede ser expresado mediante proposiciones, sino sólo mostrado; creo que esto es el problema cardinal de la filosofía”. 

Habíamos dicho que el objetivo de los integrantes del Círculo era dar bases firmes a la manera en que obtenemos conocimiento, pues intentaban desterrar a la metafísica del paisaje. A pesar de todos sus esfuerzos, la metafísica estuvo presente a lo largo del tiempo de vida del Círculo y nunca pudo ser borrada del mapa. 

Durante el tiempo que intentaron resolver el problema que les interesaba, los integrantes del Círculo crearon conceptos como proposiciones o enunciados protocolares, proposiciones básicas, enunciados de observación, etc.  

Conforme sus análisis avanzaban se presentaban cambios en sus consideraciones... Poco a poco se percatan de que el criterio de verdad es esquivo. Dentro del Círculo existían posiciones encontradas, por ello hay que aclarar que dentro de éste había una posición oficial, aunque cada miembro mantenía su posición personal.  

En un cierto momento comenzaron a hablar del placer de verificar y a usar metáforas que ponían en evidencia que la metafísica seguía tan viva y presente como al principio. Sus esfuerzos no se ven recompensados y se percatan de que “la verdad” es tan metafísica como “la nada” o “la cosa en sí”. 

Todos estos problemas fueron los que enfrentaron los positivistas lógicos. El objetivo que tenían era el de sistematizar por completo los fundamentos del conocimiento, pero al tratar de poner bases firmes (la lógica y la muerte de la metafísica) olvidaron algo que no es posible atrapar: la creatividad y la imaginación. 

“Captar” la naturaleza es llegar a “ver” de forma “correcta” un fenómeno. ¿De qué manera un investigador encuentra la respuesta que busca? ¿Qué sucede en su mente mientras piensa en la posible solución? En ninguna de estas cuestiones es posible afirmar que intervenga la lógica.  

Una imagen, una plática, un sueño o una palabra pueden despertar la creatividad y hacer que se llegue a una proposición acerca de la naturaleza. La razón no está en ese proceso, la razón vendrá después... 

Una vez que el Círculo se disolvió, uno de sus miembros, Alfred J. Ayer escribió: 

“La filosofía progresa, a su manera, y pocas de las tesis principales del Círculo de Viena sobreviven intactas. Metafísica ya no es un término de oprobio y se ha reconocido que al menos algunos metafísicos llegaron a sus increíbles conclusiones tratando de resolver problemas conceptuales muy difíciles”. 

Después de esta “derrota”, Ayer apuntó: 

“Finalmente, pienso que puede decirse que el espíritu del positivismo vienés sobrevive: en el reacomodo de la filosofía con la ciencia, en sus técnicas lógicas, en su insistencia en la claridad, en su rechazo de lo que yo puedo describir mejor como una excrecencia repulsiva de la filosofía, le dio una nueva dirección a la materia que no parece posible que se pierda”.

 

EL VIRAJE DE LA FILOSOFÍA 

¿Hay progreso en filosofía? Cada filósofo comienza desde el principio, estudia, analiza y reflexiona sobre los problemas filosóficos desde una óptica diferente, es decir “cada pensador busca su propio fundamento y no quiere apoyarse en los hombros de sus predecesores”. ¿Cuándo se podrán resolver los problemas filosóficos? Moritz Schlick creía que el tiempo había llegado al fin: “estoy convencido de que nos encontramos en un punto de viraje definitivo de la filosofía, y que estamos objetivamente justificados para considerar como concluido el estéril conflicto entre los sistemas”. 

¿Y por qué es hasta ahora que la filosofía podrá dar solución a sus problemas? ¿Por qué los antiguos filósofos no lograron abordar de forma adecuada su materia de estudio? Porque no contaban con los medios adecuados; ahora se cuenta con esos medios y sólo hace falta “aplicarlos resueltamente”. Pero ¿de qué carecieron los antiguos filósofos? ¿Con qué cuenta ahora la filosofía?  

Wittgenstein –mediante su “Tractatus Logico-Philosophicus”– había contribuido de forma definitiva en la filosofía al dejar claro que “es cognoscible todo lo que puede ser expresado, y ésta es toda la materia acerca de la cual pueden hacerse preguntas con sentido”. 

Esto es, para Schlick, lo que habrá de cambiar el rumbo del quehacer filosófico: “El gran viraje no debe ser atribuido a la lógica misma, sino a algo totalmente distinto que en realidad ella estimuló e hizo posible, pero que actúa en un plano mucho más profundo: el conocimiento de la naturaleza de lo lógico mismo”. 

Así, argumenta Schlick, las que se han tomado como interrogantes filosóficas no son más que series de palabras sin sentido; y aunque parecen preguntas, en realidad son “sonidos vacíos, porque quebrantan las profundas reglas internas de la sintaxis lógica descubiertas por el nuevo análisis”. 

He aquí el viraje de la filosofía; ésta no desaparece una vez que se disuelven sus problemas. La filosofía se convierte en “un sistema de actos en lugar de un sistema de conocimientos”. ¿Cuál será el trabajo de los filósofos? Descubrir o determinar el sentido de los enunciados. De esta forma “por medio de la filosofía se aclaran las proposiciones, por medio de la ciencia se verifican. A esta última le interesa la verdad de los enunciados, a la primera lo que realmente significan”. 

El sentido de los enunciados no se hará mediante otros enunciados, ése fue el error de la metafísica (intentar expresar lo que no puede expresarse). Si en una ciencia se reflexiona sobre sus conceptos y se logra profundizar en su significado, se tratará de una hazaña filosófica. Para Schlick los progresos decisivos de la ciencia se deben a esa labor esclarecedora del sentido de las proposiciones fundamentales. 

Schlick también menciona que no se podrá hablar de la probabilidad de la validez de los enunciados, ya que “o bien tenemos ese significado, y entonces sabemos lo que significa el enunciado, o bien no lo poseemos, y en este caso sólo tenemos delante palabras vacías, y aún no verdaderos enunciados. No hay una tercera posibilidad intermedia, y no puede hablarse de la probabilidad de la validez del enunciado”. 

Llegó el momento de hablar con claridad y con sentido.

 

LA SUPERACIÓN DE LA METAFÍSICA MEDIANTE EL ANÁLISIS LÓGICO DEL LENGUAJE 

Rudolf Carnal manifiesta que han existido múltiples criticas a la metafísica y que la lógica moderna, mediante el análisis del contenido cognoscitivo de las proposiciones científicas, ofrece nuevas consideraciones para juzgar de manera más adecuada la validez de la metafísica. 

Las proposiciones metafísicas carecen de sentido. Tal es la conclusión que se desprende de las investigaciones de la lógica aplicada.  

Una proposición puede ser estéril u obviamente falsa, y sin embargo poseer sentido. Carnap ofrece dos ejemplos: a) ¿Cuál es el peso medio de aquellos habitantes de Viena cuyo número telefónico termina en 3? b) En 1910 Viena tenía seis habitantes. El primer ejemplo muestra una pregunta estéril, mientras el segundo exhibe una proposición falsa. Ambos tienen sentido; en el primero es posible realizar una investigación y ofrecer una respuesta verdadera; en el segundo, podemos calificar como falsa dicha proposición. Recordemos que un enunciado carece de sentido cuando no puede ser calificado como verdadero o falso.   

Carnap explica que una secuencia de palabras carece de sentido cuando no constituye una proposición, y “puede suceder que a primera vista esta secuencia de palabras parezca una proposición; en este caso le llamaremos pseudoproposición. Nuestra tesis es que el análisis lógico ha revelado que las pretendidas proposiciones de la metafísica son en realidad pseudoproposiciones”. 

Sobre el lenguaje, Carnap expresa que “un lenguaje consta de un vocabulario y de una sintaxis, es decir, de un conjunto de palabras que poseen significado y de reglas para la formulación de proposiciones”. 

De acuerdo con esto, habría dos clases de pseudoproposiciones: las que contienen una palabra a la que se supuso un significado o las que están conformadas con palabras con significado pero que no respetan la sintaxis. La metafísica está constituida por ambos tipos de pseudoproposiciones. 

Una palabra tiene significado cuando designa un concepto, y cuando no existe esta significación se trata de un pseudoconcepto. La metafísica está repleta de pseudoconceptos como “la idea”, “la cosa en sí”, “el espíritu absoluto”, etcétera. De igual forma está llena de pseudoproposiciones como “la angustia revela la nada”. 

Carnap se pregunta la razón por la que existen los pseudoconceptos. “Es seguro que originalmente cada palabra (exceptuando casos singulares que más tarde mostraremos) poseyó un significado. En el curso de la evolución histórica, una palabra frecuentemente cambia su significado. También sucede a veces que una palabra pierda su antiguo significado sin llegar a adquirir uno nuevo. Así es como surge un pseudoconcepto”. 

¿Cuándo se considerará que una palabra posee significado? La forma más simple en que puede presentarse una palabra es la “forma proposicional elemental”. Debe ser posible responder a las siguientes preguntas sobre la proposición elemental P: 

1) ¿De qué proposiciones es derivable P y qué proposiciones pueden derivarse de P?

2) ¿Bajo qué condiciones P debe ser verdadera y bajo qué condiciones falsa?

3) ¿Cómo puede ser verificada P?

4) ¿Cuál es el sentido de P? 

En resumen, una palabra tiene significado cuando sus “notas empíricas” son conocidas, se han establecido las condiciones de verdad para la proposición elemental en la que aparece dicha palabra y se conoce el método de verificación de la proposición elemental. Carnap muestra que muchos de los vocablos de la metafísica no cumplen con lo anterior. Menciona varios ejemplos: la idea, el absoluto, lo incondicionado, el ego... 

Carnap también examina las pseudoproposiciones que contienen palabras con significado preciso, pero reunidas de forma que el conjunto carece de sentido. En ocasiones las pseudoproposiciones no violan las reglas de la sintaxis gramatical, entonces se recurre a la lógica. “Si la sintaxis gramatical tuviera una exacta correspondencia con la sintaxis lógica no podrían formarse pseudoproposiciones... en un lenguaje construido de un modo lógicamente correcto la metafísica no podría expresarse”. 

Al examinar ejemplos de pseudoproposiciones metafísicas nos muestra las respuestas que comúnmente dan los metafísicos a las objeciones que se les plantean, sobre lo que dice que “un metafísico llega por sí mismo a la conclusión de que sus interrogantes y sus respuestas son irreconciliables con la lógica y con las formas del pensamiento de la ciencia”. 

Carnap argumenta que los cuentos de hadas y las supersticiones son superiores a la metafísica. “Las proposiciones metafísicas no resultan aceptables ni aun consideradas como ‘hipótesis de trabajo’, ya que para una hipótesis es esencial la relación de derivabilidad con proposiciones empíricas (verdaderas o falsas) y esto es justamente lo que falta a las pseudoproposiciones”. En la metafísica ni siquiera se plantean problemas. 

¿Puede haber metafísica una vez eliminadas las pseudoproposiciones? Carnap asegura que no. No se trata de que la metafísica contenga algunas pseudoproposiciones sino de que toda la metafísica está integrada por pseudoproposiciones, nada queda de ella una vez que se han eliminado estas pseudoproposiciones. Al darnos cuenta de esta situación podemos superar los pseudoproblemas, en otras palabras, podemos superar la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje.  

Carnap escribe: “no puede haber proposiciones metafísicas plenas de sentido. Ello se sigue de la tarea que la metafísica se plantea: el descubrimiento y la formulación de un género de conocimiento que no es accesible a la ciencia empírica. Hemos establecido con anterioridad que el sentido de una proposición descansa en el método de su verificación. Una proposición afirma solamente todo lo que resulta verificable con respecto a ella. Por eso una proposición, cuando dice algo, sólo puede enunciar un hecho empírico. Algo que estuviera más allá de lo experimentable no podría ser dicho, ni pensado, ni planteado... El dictamen por el que se pronuncia el análisis lógico sostiene que todo supuesto conocimiento que pretendiera hallarse por encima o por detrás de la experiencia carece de sentido”. Carnap descalifica cualquier presunto conocimiento obtenido mediante “pensamiento puro” o mediante la “intuición pura” o de cualquier cosa que estuviera más allá de la experiencia. 

Pero si todas las proposiciones con sentido pertenecen a la ciencia, ¿qué papel queda para la filosofía? La filosofía será un método: el análisis lógico. La filosofía eliminará los pseudoconceptos y las pseudoproposiciones; esclarecerá los conceptos significativos y las auténticas proposiciones; también servirá para la fundamentación lógica de la ciencia y la matemática. 

¿Dónde se hacen proposiciones con sentido? En la ciencia, por ello es que en su momento los positivistas lógicos identificaran en su totalidad a la ciencia con el conocimiento (fuera de la ciencia no hay conocimiento). ¿Dónde no se hacen proposiciones con sentido? En la metafísica. Así pues, los positivistas lógicos se vuelven enemigos de la metafísica. Uno de los pasos necesarios para lograr el fundamento del conocimiento es desaparecer a la metafísica al abordar esta cuestión.  

Que los positivistas lógicos son enemigos de la metafísica queda claro en sus escritos. Decían que tan sólo se trataba de sonidos guturales, y consideraban que aunque muriera la metafísica “habrá quien siga trabajando en los antiguos pseudoproblemas”. 

Schlick afirma: “Si alguien quiere calificar como positivista a toda opinión que niegue la posibilidad de la metafísica, como una mera definición no tiene nada de objetable y en ese sentido yo me designaría a mí mismo un estricto positivista...”. En su texto “Positivismo y Realismo” Schlick trata de definir lo que puede entenderse como positivismo. 

Algunos consideran que Carnap era el principal enemigo o detractor de la metafísica, sobre todo por su libro “Seudoproblemas en filosofía: otras mentes y la controversia del realismo”. Sin embargo hay una diferencia entre Wittgenstein y el Círculo de Viena: Para el Círculo, la metafísica es inferior a las supersticiones, en cambio Wittgenstein consideraba que la metafísica abordaba los problemas más importantes de la vida.   

Es importante volver a recordar que ni Wittgenstein ni los positivistas lógicos afirman que la metafísica sea falsa sino carente de sentido. Schlick señala que “esta última distinción es de la mayor importancia; estoy convencido de que la principal objeción a nuestra perspectiva, nace del hecho de que no se tiene en cuenta la distinción entre falsedad y falta de sentido de una proposición. La proposición ‘las afirmaciones relativas a un metafísico mundo externo no tienen sentido’ no dice ‘no existe un metafísico mundo externo’, sino algo totalmente distinto; el empirista no le dice al metafísico ‘lo que tú afirmas es falso’, sino ‘lo que tú afirmas no dice nada en absoluto’. No lo contradice, sino que le dice ‘No te entiendo’”.  

Y es que el mundo de la metafísica está por completo fuera de la experiencia, y los positivistas lógicos consideraban cognoscible todo aquello de lo que nos podemos hacer preguntas con sentido. 

Tal vez por estas diferencias Wittgenstein no gustaba de asistir a las reuniones del Círculo. De hecho a Wittgenstein no le agradó el manifiesto “La visión científica del mundo”. Ludwig les sugirió que dejaran que su trabajo hablara por ellos. Otro personaje también cercano al Círculo y que tampoco asistía a las reuniones era Karl Popper.  

Después de la muerte de Wittgenstein se publicó su libro “Investigaciones filosóficas”, donde asegura que las proposiciones lógicas nos resultan lógicas por razones no lógicas. Las proposiciones nos parecerían lógicas –o carentes de ella– dependiendo de nuestra cultura y educación. De esta forma, los científicos no serían capaces de ver el mundo tal cual es (aquí Wittgenstein se critica a sí mismo, es decir, critica su anterior opinión, la opinión expresada en el “Tractatus”), pues toda observación contaría con ciertos prejuicios. 

Al final de su artículo, Carnap explica el atractivo de la metafísica: “Las pseudoproposiciones de la metafísica no sirven para la descripción de relaciones objetivas, ni existentes, ni inexistentes; ellas sirven para la expresión de una actitud emotiva ante la vida... ciertos hombres tienen necesidad de dar una forma especial a la expresión de su actitud emotiva ante la vida, forma en la que ésta sea perceptible de un modo más concentrado y penetrante. Si tales hombres están capacitados artísticamente, hallarán en la creación de una obra de arte la posibilidad de expresarse”.  

Otros –sin talento artístico– hallan en la metafísica la forma de expresar esta actitud. “El metafísico cree moverse en el terreno de lo verdadero y lo falso cuando en realidad no ha afirmado nada, sino solamente expresado algo, como un artista”. La diferencia entre los poetas –que también utilizan el lenguaje– y los metafísicos consiste en que los metafísicos discuten y polemizan con otros metafísicos, tratan de refutarse mutuamente; los poetas saben que su terreno no es el de la teoría y por ello no intentan invalidarse entre ellos. Los metafísicos confunden los campos de la ciencia y el arte.

 

POSITIVISMO Y REALISMO 

¿Qué es el positivismo? Schlick comenta que la evolución de ciertas doctrinas produce confusiones, las que pueden surgir debido a la transformación de sus principios fundamentales. Debido a esto el autor trata de esclarecer lo que considera que son los principios fundamentales del positivismo. 

El positivismo es contrario a la metafísica y Schlick se define como un antimetafísico. ¿Qué es la metafísica? “Es la teoría del ‘verdadero ser’, de la ‘realidad en sí misma’, del ‘ser trascendente’, esta aseveración supone que frente al verdadero y auténtico ser se encuentra un ser inauténtico menospreciado, sólo aparente, situación que en verdad han sostenido todos los metafísicos desde los tiempos de Platón y de los eleatas. Este ser aparente es el elemento constitutivo del reino de las ‘apariencias’, y en tanto que la auténtica realidad trascendente no puede ser alcanzada sino con dificultades y mediante los esfuerzos del metafísico, las ciencias específicas solamente se reservarán las apariencias que resultan las únicas asequibles a su forma de conocimiento. La oposición entre estas formas para conocer dos ‘modos de ser’ se justifica mediante la afirmación de que las apariencias están inmediatamente presentes, nos son ‘dadas’, en tanto que la realidad metafísica tiene que ser inferida de ellas de alguna manera indirecta”. 

“Lo dado” es un concepto fundamental del positivismo. El filósofo y el científico deben siempre permanecer en “lo dado”, los intentos metafísicos de ir más allá son carentes de sentido. “Lo dado” del positivismo es lo que los metafísicos llaman “las apariencias”. ¿Es el positivismo metafísica que carece de lo trascendente? Schlick considera que esta opinión lleva al error.  

Sólo mencionaré los conceptos que usaremos para revisar las afirmaciones de lo paranormal.

Debemos darnos cuenta –dice– de que sólo es posible establecer el significado de un enunciado cuando podemos describir el hecho que debería existir si el enunciado fuese cierto. “El criterio de verdad o de falsedad de la proposición se hallará en el hecho de que en circunstancias definidas (dadas en la definición) ciertos datos estarán presentes o no estarán presentes... pero si soy incapaz, en principio, de verificar una proposición, esto es, si ignoro en absoluto cómo proceder o lo que tengo que hacer para averiguar su verdad o su falsedad, entonces evidentemente ignoro lo que efectivamente dice la proposición y seré incapaz de interpretarla... La enunciación de las circunstancias en que una proposición resulta verdadera, es lo mismo que la enunciación de su significado...”. 

Schlick escribe: “Una proposición posee un significado enunciable sólo cuando muestra una diferencia comprobable entre la situación de que sea verdadera y la de que sea falsa. Una proposición que refiriera una situación del mundo y la misma en los casos de ser la proposición verdadera y falsa respectivamente, es una proposición que no comunica nada sobre el mundo, es una proposición vacía, no es posible otorgarle significado. Ahora bien, sólo tenemos una diferencia verificable cuando ésta se realiza en lo dado, ya que sin género de dudas verificable no significa otra cosa que ‘capaz de ser exhibido en lo dado’. Obvio resulta que verificabilidad se usa aquí en el sentido de ‘verificable en principio’ ya que el significado de una proposición es, naturalmente, independiente de las circunstancias en que nos encontramos y que en un determinado momento pudieran permitir o impedir su verificación efectiva”.  

Esta verificación debido a problemas prácticos puede ser en algún momento imposible de llevar a cabo, pero al menos es lógicamente posible hacerlo. Las proposiciones sin sentido no pueden verificarse por razones lógicas. “Sentido” y “sentido verificable” son lo mismo.  

Continúa Sclick: “Pero si alguien informara que en el interior de cada electrón existe un núcleo, el cual, aun cuando está siempre presente, no tiene nunca ni en modo alguno ningún efecto externo, de suerte que su existencia no se manifiesta nunca en la naturaleza, ésa sería una afirmación sin sentido, ya que tendríamos que preguntarle al autor de la hipótesis: ¿Qué es lo que verdaderamente quiere usted significar al afirmar la presencia de ese ‘núcleo’? Y él únicamente podría responder: ‘Quiero decir que existe algo en el electrón’. Y nosotros insistiríamos en interrogarle: ‘¿Qué significa eso? ¿Qué ocurriría si no existiese?’. Y él tendría que responder: ‘Todo seguiría exactamente igual que antes’, ya que, de acuerdo con su afirmación, el ‘algo’ del electrón no tiene efectos y, sencillamente, no habría ningún cambio observable: el reino de lo dado no estaría afectado de ningún modo. Juzgaríamos que él no había sido capaz de comunicar el significado de su hipótesis y que, por tanto, ésta no tenía significado. En este caso, la imposibilidad de verificación no es fáctica sino lógica, ya que en razón de la total inefectividad de aquel núcleo, en principio se halla excluida toda posible decisión relativa a él, basada en una diferencia en lo dado”. 

¿Cómo se distingue al mundo trascendente o metafísico del empírico? “Todas las hipótesis físicas sólo pueden referirse a la realidad empírica, si por ésta entendemos a lo cognoscible... Únicamente cabe establecer hipótesis para aquello para lo cual existen bases en la experiencia”. 

Antes de analizar si las proposiciones paranormales y los alegatos de supuestos milagros tienen o no sentido, veamos algunos conceptos que crearon los positivistas lógicos para tratar de fundamentar el conocimiento.

 

PROPOSICIONES PROTOCOLARES 

Otto Neurath analiza el lenguaje de la ciencia. “Nuestro lenguaje trivial histórico se nos da de inmediato con una gran abundancia de términos imprecisos, no analizados (‘conglomerados’). Empezamos por limpiar ese lenguaje trivial de partes componentes metafísicas y llegamos así al lenguaje fisicalista trivial... Junto al anterior está el lenguaje fisicalista altamente científico, que de antemano puede considerarse como libre de elementos metafísicos. Disponemos de este lenguaje sólo para determinadas ciencias; en algunos casos sólo partes de ellas”. 

El ideal era la física, por ello habla de lenguaje fisicalista, los enunciados de la física son los menos dudosos, por ello es el lenguaje supremo. 

El lenguaje trivial y el fisicalista altamente científico se entrecruzan constantemente. Neurath esperaba que cada palabra del lenguaje fisicalista trivial pudiera sustituirse por términos del lenguaje altamente científico, y al mismo tiempo que el lenguaje altamente científico pueda traducirse al lenguaje trivial. 

La ciencia utiliza dos tipos de proposiciones fácticas: las protocolares y las no protocolares. 

Las ciencias se transforman debido al cambio que sufren las proposiciones, aunque en ocasiones se modifican las definiciones. “Cada ley y cada proposición física de la ciencia unitaria o de una de sus ciencias fácticas pueden sufrir tal transformación. Lo mismo vale para cualquier proposición protocolar”. 

En la ciencia unitaria se trata de crear un sistema no contradictorio de proposiciones protocolares y proposiciones no protocolares. Cuando aparece una nueva proposición se compara con el resto, si hay contradicción, la nueva proposición se rechaza o califica como falsa; otra posibilidad es modificar el sistema de manera que no exista contradicción entre éste y la nueva proposición, la proposición se considera verdadera. 

“En el sistema de la ciencia unificada, no podemos utilizar dos proposiciones protocolares recíprocamente contradictorias. Aun cuando no es posible decidir aquí cuál de ellas debe ser excluida o si deban serlo ambas, lo que sí es posible establecer es la seguridad de que no pueden verificarse las dos, es decir, que el sistema no tolera la incorporación de ambas”. 

Carnap consideraba que sólo podrían modificarse proposiciones no protocolares y leyes, sin embargo Neurath admite la posibilidad de eliminar proposiciones protocolares: “la definición de una proposición exige su verificación y, por lo mismo, también es susceptible de ser eliminada.” 

La diferencia se debe a que Carnap admitía que existen ciertos elementos (experiencias atómicas) a partir de los cuales se construye la imagen del mundo, estos elementos no necesitarían verificarse pues serían vivencias inmediatas. 

Menciona Neurath que el Círculo de Viena trabaja en crear un lenguaje que utilice la ciencia unificada; afirma que ha fracasado el intento de usar la filosofía como método para hacer aclaraciones, lo que se debe hacer es armonizar proposiciones dentro de la ciencia unificada, y para ello es necesario una sintaxis lógica. Espera que la conexión entre las ciencias se logre rápidamente.

 

SOBRE EL FUNDAMENTO DEL CONOCIMIENTO 

El fundamento último del conocimiento ha motivado a los filósofos a través de la historia y el análisis de los “enunciados protocolares” es una manera de abordar la cuestión.  

¿Qué es un enunciado protocolar? Según Schlick, es “inicialmente, como el nombre lo indica, por enunciados protocolares se significó aquellas proposiciones que expresan los hechos con absoluta simplicidad, sin retoque, sin modificación ni añadidura alguna, en cuya elaboración consiste toda ciencia y que anteceden a todo conocimiento, a todo juicio referente al mundo... si logramos expresar los hechos brutos en enunciados protocolares, de una manera absolutamente pura, parece que estos constituirán el punto de partida absolutamente fuera de duda de todo conocimiento”. 

Continúa: “Es evidente, y que yo sepa, no discutido por nadie hasta ahora, que en la vida cotidiana y en toda investigación, el conocimiento de alguna manera principia con la comprobación de hechos, y que en el principio de la ciencia se encuentran asimismo los enunciados protocolares que traducen dicha comprobación”. 

Pero el principio del que habla, ¿es un principio temporal o un principio lógico? “No necesitan figurar al principio, sino que basta, si fuere necesario, poder encontrarlos más tarde. La necesidad de formularlos aparecerá cuando uno quiera aclararse a sí propio el significado del enunciado que efectivamente escribió”. 

A Schlick no le interesa mayormente si las proposiciones protocolares lo son en virtud de un principio lógico o temporal: “En realidad, las dos concepciones acaso puedan ser compatibles, ya que las proposiciones que traducen los datos puros y simples de observación, y que se encuentran temporalmente en el principio pudieran ser, al mismo tiempo, aquellos que por virtud de su estructura tuvieran que construir el punto lógico de partida de la ciencia”. 

Lo que a Schlick realmente le interesa es saber qué ayuda podrá prestar al avance del fundamento del conocimiento el concepto de proposiciones protocolares. Y aunque proponer este concepto constituyó un gran avance, realmente no se llega a la solución de la cuestión. El concepto de proposiciones protocolares conduce a un “relativismo particular”, ¿con qué certeza puede afirmarse la verdad de dichas proposiciones? Estas proposiciones o enunciados “están expuestos a toda duda posible”. 

Una proposición que dé cuenta de una observación no puede considerarse segura “porque las posibilidades de error son innumerables”. Por ello es que incluso los enunciados protocolares se deberán considerar como hipótesis y podrán servir para la construcción del sistema de la ciencia mientras no sean contradichos por otras hipótesis. De aquí que los enunciados protocolares estén siempre sujetos a corrección. 

La primera conclusión es que los enunciados protocolares no proporcionan la base firme del conocimiento. La segunda es que la distinción entre enunciados protocolares y enunciados no protocolares es estéril y debe abandonarse. 

Una vez que se acepta lo anterior surge la pregunta fundamental: ¿cuál deberá ser el criterio de verdad? “La verdad sólo puede consistir en la concordancia mutua de los enunciados”. 

Ésta es la llamada teoría de la coherencia de la verdad. Otros pensadores consideraron que debía haber concordancia entre los enunciados y los hechos, pero esta “teoría” afirma que deberá haber concordancia entre los enunciados que conforman el conocimiento. Esto quiere decir que no deberá haber contradicciones, una proposición no deberá contradecir determinados enunciados. ¿Cuáles? Los que expresan los hechos de la observación inmediata. Schlick critica este criterio de verdad pues “entonces hay que considerar que los cuentos de hadas, arbitrarios, son tan verdaderos como un relato histórico, o como los enunciados de un libro de química, siempre que el cuento esté construido de tal manera que no encierre una contradicción”. 

De esta forma queda demostrado “que la teoría de la coherencia resulta lógicamente imposible; no sirve en absoluto para proporcionar un criterio unívoco de verdad, porque por medio de ella puedo llegar a cualquier número de sistemas congruentes de enunciados, que sean incompatibles entre sí”. Por lo anterior es necesario buscar otro fundamento para el conocimiento, se debe añadir algo a la teoría de la coherencia. 

Si los enunciados protocolares resultaron ineficaces, tal vez se tenga éxito con los enunciados fundamentales. Estos serían aquellos que no se modificarían, todas las demás proposiciones deberían estar en concordancia con estos enunciados. Sin embargo no es posible concebir ciertos enunciados como definitivamente fundamentales, con el tiempo podrían abandonarse y otros ocupar su lugar. 

En la siguiente parte del artículo hace una exposición acerca de cómo considera que se trabaja en ciencia: comenzando por hacer observaciones y elaborando proposiciones de observación, de éstas se deducen otros enunciados, después confirmando predicciones, es decir, verificando. A continuación mezcla verificación y sentimientos, o mejor dicho, habla acerca de los sentimientos que produce en un investigador la verificación.  

Considera que el ser humano busca enunciados universales debido a que dependía de estos para sobrevivir, aunque el día de hoy “ya no se le busca por su utilidad; con la confirmación de la predicción se ha alcanzado la meta científica: el placer del conocimiento es el placer de la verificación, el sentimiento triunfal de haber conjeturado correctamente. Y eso es lo que nos proporcionan los enunciados de observación. En ellos alcanza la ciencia su meta, por así decirlo: es por ellos por lo que existe. La cuestión recóndita detrás del problema de los fundamentos absolutamente seguros del conocimiento es, por decirlo de algún modo, la de la legitimidad de esa satisfacción de que la verificación nos llena”. 

Afirma que si se considera a la ciencia como un sistema de enunciados en que el interés se limite a la coherencia lógica de las proposiciones, su fundamento entonces será resuelto de forma arbitraria, ya que todos los enunciados son hipótesis. En cambio “si se enfoca la atención a la relación de la ciencia con la realidad, se contempla lo que efectivamente es un sistema de sus enunciados, a saber, un medio de encontrar una ruta entre los hechos, de llegar al goce de la confirmación, al sentimiento de la finalidad. El problema del fundamento se convierte entonces automáticamente en el inconmovible punto de contacto entre el conocimiento y la realidad”. ¿Cuáles son estos puntos de contacto? Las constataciones. Éstas no son hipótesis ni se encuentran en la base de la ciencia. Pero no especifica más sino que mencionan algunas metáforas.

 

VERIFICACIÓN Y EXPERIENCIA 

¿Qué es lo que determina la verdad o la falsedad de las proposiciones empíricas? Con esta pregunta comienza su artículo A. J. Ayer, quien distingue entre las proposiciones cuya veracidad o falsedad se determina averiguando la veracidad o falsedad de otras proposiciones, y las proposiciones cuya veracidad o falsedad se determina directamente por observación.  

Otro punto importante es que Ayer menciona que nunca quedará verificada concluyentemente una proposición universal; sin embargo, la falsedad de una proposición singular puede demostrar la falsedad de la proposición universal. Existe una asimetría entre verificar y refutar. Parece ser que la refutación es contundente. De ahí que algunos filósofos hablen no de verificación sino de refutación (“la ciencia no verifica, refuta”). 

Ayer propone llamar proposiciones básicas a aquellas proposiciones que no se infieren de otras y que pueden confrontarse con los hechos, y menciona que algunos pensadores afirman que no es posible hablar de confrontar proposiciones con hechos, sino que sólo es posible confrontar unas proposiciones con otras. También analiza la teoría de la coherencia de la verdad y cita a aquellos que sólo se fijan en el sistema de proposiciones y su coherencia interna, sin mencionar la comparación con los hechos.  

Afirma que los partidarios de la teoría de la coherencia reconocen la posibilidad de poder construir sistemas de proposiciones ficticias que sean internamente coherentes, por lo que pregunta “¿cómo se proponen distinguir los sistemas verdaderos de los falsos?”. La respuesta que dan es que hay que considerar otras proposiciones: las protocolares fundamentales. Éstas deben ser coherentes con las demás, y son aquellas que formulan los investigadores acreditados. Esta respuesta, por supuesto, le resulta insatisfactoria. “El intento de formular un criterio para determinar la verdad de las proposiciones empíricas que no contuvieran referencia alguna a los ‘hechos’, ni a la ‘realidad’, ni a la ‘experiencia’, no ha tenido éxito”. 

Para Ayer ni la forma ni la validez de las proposiciones básicas dependen meramente de convenciones. ¿Qué clase de correspondencia existe entre las proposiciones básicas y las experiencias que las verifican? Ayer compara esta correspondencia con la que hay entre una fotografía y lo fotografiado, aunque no le satisface. Tampoco le satisface la comparación con mapas: “la mera forma de la proposición no nos dirá si el territorio que dice representar es imaginario o real. Entonces, ¿podemos evitar decir que comprobamos la verdad de tal mapa viendo si está de acuerdo con la realidad?”. 

Al final de su artículo habla que las proposiciones básicas no pueden corregirse o cambiarse y especula acerca del significado de esto: “El profesor Moore me ha sugerido que lo que probablemente piensan algunos de los que dicen que las proposiciones básicas son incorregibles es que no nos podemos equivocar acerca de ellas de la manera como nos podemos equivocar respecto de otras proposiciones empíricas... Si Moore tiene razón, no tiene sentido decir ‘dudo si esto es rojo’ o ‘creo que tengo un dolor, pero puedo estar equivocado’, a menos que quiera decir, tan sólo, que dudo si ‘dolor’ y ‘rojo’ son las palabras correctas que debiera emplear en uno y otro caso. Actualmente creo que Moore tiene razón en este punto. Pero declaro no conocer si éste es un hecho del que se deriven algunas conclusiones importantes”.

 

PACHITA 

El paradero de Jacobo Grinberg se desconoce. Lo que es posible decir con exactitud es que estaba interesado en el mundo de lo paranormal.  

Grinberg obtuvo el título de psicólogo en la Universidad Nacional Autónoma de México. Por su interés en los fenómenos paranormales es que en la cámara del sueño de la Facultad de Psicología se llevaron a cabo algunos experimentos con niños que aseguraban poder ver con la piel de las palmas de las manos (visión extraocular). No fueron pocos los problemas que Grinberg enfrentó debido a su curiosidad y, según dejó escrito, casi le cuesta su puesto de profesor en la universidad porque ninguno de sus colegas ha podido aceptar la existencia de ese “nivel de realidad”. ¿A que nivel de realidad se refería? 

Grinberg convivió con una curandera llamada Bárbara Guerrero, mejor conocida como Pachita. Según Grinberg “durante las operaciones que realizaba ella era capaz de materializar y desmaterializar objetos, órganos y tejidos. El manejo de las estructuras orgánicas le permitían realizar trasplantes de órganos a voluntad, curaciones de todo tipo y diagnósticos a distancia con un poder y exactitud colosales”. 

Grinberg presenció una gran cantidad de operaciones, operaciones que resultan inverosímiles; veamos un ejemplo: 

“El caso más extraordinario y el que me enseñó que realmente no existen límites, fue el de una niña, quien en una operación convencional había sido sobreanestesiada, dejándole su cerebro muerto por la falta de oxígeno. Los padres, desesperados después de ver una docena de  neurólogos, dieron con Pachita y le pidieron ayuda. Pachita aceptó y la segunda operación que vi aquella primera noche, fue un trasplante de corteza cerebral en la niña sobreanestesiada.

 

 “Durante más de diez años me he dedicado a investigar algunos aspectos de la fisiología cerebral y aunque me considero bastante revolucionario entre mis colegas, jamás me imaginé, ni podría haber aceptado, que una parte del cerebro pudiera trasplantarse de un ser humano a otro. Jamás lo hubiera aceptado de no haberlo visto, pero el caso es que lo vi y eso me trastornó tan profundamente que a partir de ese momento, todas mis concepciones psicofisiológicas cambiaron. La niña era un ‘vegetal’ que no se movía ni hablaba ni controlaba sus esfínteres. En esa operación, y en cuatro subsecuentes, Pachita cortó el cuero cabelludo con el cuchillo de monte y después abrió el hueso del cráneo usando un pedazo de sierra de plomero.

 

“Yo veía eso y parte de mí pensaba que no era cierto y otra que era maravillosamente real.

 

“Después Pachita hizo aparecer una sección de corteza humana, tomó un pedazo en sus manos, le lanzó su aliento y le ordenó que viviera: ‘¡vive!, ¡vive!’, le gritaba.

 

“Después con la ayuda del cuchillo, introdujo el pedazo de corteza al cráneo de la niña y con una serie de movimientos extraños, lo dejó depositado allí. Por fin, la herida se cerró después de que yo fui invitado a colocar mis manos encima de la misma. A eso se le llamaba saturar. La niña fue vendada y devuelta a sus padres.

 

“La operación se realizó sin anestesia, sin asepsia y considerando su magnitud y seriedad, lo que se podía haber esperado como mínima reacción era una meningitis fulminante. En lugar de ello, la niña se presentó a los 15 días para una nueva operación, sin infecciones, sin haberse muerto de shock postoperatorio y con algún síntoma de mejoría. De hecho, después de cuatro operaciones similares a la descrita, yo vi a esa niña empezar a tener movimientos voluntarios, balbucear vocablos, quejarse del dolor y molestias y sonreír, ¡sí! ¡sonreír!

 

“Cuando yo vi sonreír a esa niña y alcancé a comprender los motivos de su alegría, entendí que lo más fundamental es lo de mayor alcance espiritual, lo que cualquiera comprende, lo que se encuentra presente en todos los niveles, lo clásico, lo que se siente como certeza y mismidad”. 

Para Pachita –según se lee– era cosa corriente abrir cuerpos, aparecer órganos (aportes), realizar trasplantes, etcétera. 

Grinberg no sólo fue testigo de una enorme cantidad de operaciones, sino que tuvo en ellas un papel activo, pues los cortes o heridas se cerraban cuando él ponía sus manos sobre ellas: “Supe que debía colocar el algodón sobre la herida y colocar mis manos sobre él. Lo hice y la herida cerró instantáneamente. Me dieron una venda y cubrí el vientre con ella”. Existen varias fotografías que muestran a Pachita realizando estos milagros, sin embargo, después de leer las descripciones del psicólogo, resultan decepcionantes, ya que ninguna es sorprendente y son imágenes iguales a las que muestran los “cirujanos psíquicos” de Filipinas. 

Pachita decía que no era ella quien operaba, en realidad lo hacía el Hermano Cuauhtémoc: “Pachita decía que el espíritu del último emperador azteca trabajaba a través de su cuerpo realizando su trabajo. Ella se introducía a un trance transformando su personalidad y efectuando las operaciones...”. 

Todas las historias que sobre ella se contaban motivaron a diversos “investigadores” a acercársele, en palabras de Pachita: “A mí me lleva la chingada con esa gente que viene a curiosear como si esto fuera un circo. Un día vinieron esos, ¿cómo se llaman?, ¡ah sí!, esos de control mental a investigarme. Me llevaron a una casa en la que había rayas de todos colores. Rojas, azules, verdes y negras. Un señor Silva me dijo que yo estaba en la negra. Hágame el favor, ese cabrón me quería nada más para meterme en lo negro. Luego me dijeron que buscara un enfermo con mi mente. Yo qué iba a buscar ni qué carajos. ¿Para qué? Luego otros me llevaron a la zona del silencio en Torreón para que les dijera lo que había allá. Puro pinche desierto y yo allí en medio. Encontré una tortuga y me la traje... Dicen que se paran los relojes y que no se oye el radio pero, ¿para qué sirve eso?, nada más buscan por buscar sin saber y por más que encuentran no se quedan satisfechos. ¡Si yo les contara todo lo que me han llevado a hacer! Un día me dijo un amigo que le ayudara a buscar no sé qué madres, en un terreno. Fui allí y me lo encontré lleno de excavaciones, me dijeron que les reportara lo que sentía y yo me quedé tal cual. Aquí sí que se trabaja, pero yo de eso sé menos que nadie. Yo nada más me voy y viene el hermano y ni me entero... Y luego vienen a invitarme a dar conferencias y yo ¿qué les voy a decir? ¡Se imaginan a esta pendeja hablando en una conferencia! A mí me gustan las buenas obras, las que de veras ayudan...”. 

Pachita distinguía entre enfermedad buena y enfermedad mala. La enfermedad buena es aquella que tiene causas naturales y que puede curarse con medicinas convencionales, mientras que la mala es aquella que provocan los “daños”. “Alguien tiene una envidia y la persona envidiada recibe una carga energética que lo enferma... Los daños son las introyecciones de los malos pensamientos de los otros, son las malas intenciones detectadas a niveles corporales... Los celos enredan el espíritu; la envidia provoca daños. Luego es necesario hallarlos y echarlos fuera”. Pachita abría el cuerpo del paciente y extraía el daño; los daños se materializaban en forma de entidades oscuras a las que había que tratar de forma especial (se les envolvía en papel negro). Estas entidades también eran llamadas seres del bajo astral. 

De igual forma, Pachita era capaz de corregir un diagnóstico médico: “Ya sé, dicen que tienes cáncer pero eso no es cierto. Vas a curarte y vienes otro día para ver cómo sigues y para cambiarte tus riñones. No le hagas caso a los médicos, te han debilitado con sus lavadas y técnicas de... ¿cómo se llama? Quimioterapia...”.

Grinberg trató de explicar todos estos fenómenos recurriendo a la mecánica cuántica, la neurología y a otros conceptos de su invención. Dejó claro que los portentos de los que fue testigo eran auténticos: “Muchas personas me han preguntado si lo que describo sucedió tal y como está relatado. La respuesta es absolutamente afirmativa; no existe aquí invención o falsedad; todo sucedió exactamente tal y como se presenta”.

 

LO PARANORMAL Y LOS MILAGROS 

¿Qué es lo paranormal? ¿Los milagros son fenómenos paranormales? ¿Son sinónimos sobrenatural y paranormal? ¿Los fenómenos paranormales violan las leyes de la naturaleza? Si lo paranormal o sobrenatural es aquello que existe fuera de la naturaleza, ¿cómo podríamos saber si existe? Lo que está fuera de la naturaleza necesariamente debería entrar en contacto con “lo dado” para poder conocerlo. ¿Cómo es posible que “lo que está fuera de la naturaleza” se manifieste en la naturaleza? ¿Por qué sucede? ¿Cuándo sucede? ¿De qué manera sucede? ¿Cómo podríamos verificarlo? 

Definir lo paranormal no es tan sencillo, incluso algunos autores señalan que los llamados “fenómenos paranormales” en realidad deben contar con una explicación natural hasta ahora desconocida, así, la telepatía no estaría violando ninguna ley de la naturaleza sino esperando una explicación satisfactoria.  

Lo anterior querría decir que lo paranormal carece de existencia, y estos fenómenos deberían más bien catalogarse como “fenómenos que aún no cuentan con una explicación”. Sin embargo los defensores de la telepatía no han ofrecido un modelo que pudiera explicar el fenómeno. Más adelante volveremos sobre este asunto.  

De cualquier forma no todos los creyentes aceptan esta visión naturalista. Pero si dicha visión no es aceptada, y se habla de la revelación de un “mundo o universo no-físico”, ¿cómo verificar la existencia de ese mundo y de su manifestación en nuestro mundo: los fenómenos paranormales? ¿Por qué el “mundo paranormal” se podría manifestar en el mundo natural? ¿Podría estar al alcance del conocimiento algo así? ¿Resultan estos fenómenos cognoscibles? ¿Tienen sentido –tal y como los positivistas lógicos lo entendían– los fenómenos paranormales o las manifestaciones del “mundo sobrenatural”? Tal vez.  

Jorge Balej reflexiona: “¿Qué significa que algo sea cognoscible? Significa que es factible investigarlo desde un punto de vista científico porque en definitiva es un fenómeno físico medible y cuantificable, lo que no implica que sea sencillo de explicar sino que la explicación existe. Algo incognoscible, en cambio, es algo que por definición no es producido por una interacción física y por lo tanto no es analizable desde un punto de vista experimental... Voy a hacer otra suposición: todo fenómeno que provoque alteraciones o interactúe con el entorno físico debe ser cognoscible. Ésta es sólo una hipótesis de trabajo, por supuesto, pero es lo menos que se puede pedir para que tenga algún sentido investigar estas cosas. Bajo esta hipótesis muchos fenómenos parapsicológicos (de existir) deberían ser cognoscibles pues producen alteraciones en la materia (movimiento en el caso de la telequinesis, alteraciones cerebrales en telepatía, etcétera)”. 

Difiero en algunos puntos. Supongamos que los fenómenos paranormales existen y que son una manifestación extranatural. Por ese sólo hecho podríamos suponer que son incognoscibles; pero por el hecho de manifestarse en nuestro mundo, lo alteran, y esa alteración puede ser descubierta, observada, cuantificada, etc. Entonces, los fenómenos paranormales no serían incognoscibles por ser una manifestación de algo que existe fuera de la naturaleza. Dice Balej que “todo fenómeno que provoque alteraciones o interactúe con el entorno físico debe ser cognoscible”. Pero desde mi punto de vista, de existir estos fenómenos, resultarían incognoscibles, no por no provocar alteraciones en “lo dado”, sino por la forma en que lo alteran.  

Pensamos en alguien que no hemos visto hace años y segundos después nos llama por teléfono. Los creyentes hablan de inmediato de telepatía o precognición, los escépticos dirían que es una coincidencia. Supongamos que –efectivamente– se trató de telepatía, pues no existe forma de verificarlo, estaría fuera del alcance de nuestro conocimiento. De igual forma, cuando la telequinesis se lleva a laboratorio, los sujetos no mueven objetos con la mente, al menos no de forma que pueda verse directamente, o se concentran en un determinado número y lanzan un dado, y se lleva a cabo un análisis estadístico para calificar los resultados. Hasta ahora las posibilidades son: a) Los fenómenos paranormales no existen. b) Los fenómenos paranormales existen, pero no resulta posible verificarlos debido a lo débil de sus efectos.  

Este último punto es lo que mantiene vivo el debate entre los académicos que se interesan en estas cosas, Mario Méndez Acosta escribe que “lo que estudia la parapsicología es un conjunto de fenómenos elusivos, fugaces y de extrema rareza. Lo son tanto que esta dificultad en detectarlos se hace más bien evidencia de que no existen, lo cual resulta una hipótesis más parsimoniosa”. ¿Existe evidencia estadística de lo paranormal? Más adelante volveré sobre esto. 

Definir lo paranormal es difícil, tarea más sencilla es mencionar qué supuestos fenómenos pertenecerían a esta categoría: telequinesis, telepatía, percepción extrasensorial, vida después de la muerte, fantasmas, etc. 

Ahora, ¿qué es un milagro? Podríamos comenzar diciendo que se trata de una suspensión temporal de las leyes naturales. Pero hay algo más. La gente desea salud, la capacidad de realizar trabajos sin necesidad de gastar energía, etc. Cuando la naturaleza interrumpe su forma normal de funcionar, y lo hace para complacer los deseos del ser humano, entonces podemos hablar de un milagro. ¿Es satisfactoria esta definición? Podemos dejarla así. 

De vez en cuando escuchamos historias de pretendidos milagros en los que intervienen supuestos “seres espirituales” o ángeles; la historia típica menciona que un niño salvó su vida gracias a la intervención de uno de estos seres. Así, los creyentes señalan que todos los niños tienen un ángel de la guarda. Los no creyentes podemos hablar de los cientos (o miles) de accidentes sufridos por niños. ¿Qué hacían los ángeles de la guarda cuando sucedió el accidente? ¿Por qué no hicieron su trabajo? 

Siendo estrictos, nuestra objeción no demostraría la falsedad de la afirmación, en todo caso mostraría que no todos los niños tienen un ángel de la guarda (o que la mayor parte de los ángeles son poco aptos para llevar a cabo su trabajo). De igual forma podemos ofrecer explicaciones alternativas a la supuesta manifestación de los ángeles. Pero ¿hay alguna manera de verificar la existencia de estos seres? La proposición “existen los ángeles de la guarda”, ¿bajo qué condiciones puede considerarse verdadera y bajo qué condiciones falsa? ¿Cómo puede ser verificada? No hay forma alguna de hacerlo.  

Lo anterior me recuerda el ejercicio que propone Carl Sagan en “El mundo y sus demonios”: alguien nos dice que tiene un dragón en su garaje, y ante nuestra incredulidad decide llevarnos a verlo, llegamos y no notamos su presencia; el dueño del dragón nos dice que “ahí está pero es invisible”, entonces le sugerimos experimentos para constatar que efectivamente existe: rociar pintura sobre el cuerpo del dragón, llenar de polvo el piso para que se marquen sus huellas, etc. Pero a cada experimento nos dice por qué no funcionaría. Bueno, no hay manera de verificar la existencia del dragón invisible. Carece de sentido. 

Esto se puede extender a todos los milagros.  

Pensemos ahora en la realidad literal de las historias de los Evangelios. Cito la opinión de Thomas Paine: “Si en la actualidad alguna chica embarazada jurara que concibió al niño por medio de un espíritu y que un ángel se lo dijo, ¿le creeríamos? Por supuesto que no. ¿Por qué entonces vamos a creerle a otra chica que nunca vimos, algo contado quién sabe por quién, cuándo o dónde? Resulta extraño e inconsistente que la misma circunstancia que podría reducir la credibilidad incluso de una historia probable, sea un motivo para creer ésta, que tiene todos los visos de ser absolutamente imposible y falsa”. 

Un creyente puede estar completamente convencido de que Jesucristo no tiene padre humano. Es más, aceptemos que realmente sucedió el milagro. ¿Hay forma de verificarlo? ¿Cómo verificar lo que sucedió en la intimidad de una familia hace dos mil años? No es posible hacer más: aceptamos o rechazamos la historia. Para los escépticos es claro: Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea de una naturaleza tal, que su falsedad resultara aún más milagrosa que el hecho que pretende establecer. Si un milagro es un capricho de Dios, evidentemente jamás podremos contrastarlo; los milagros estarían fuera del alcance de nuestro conocimiento. Los milagros carecen de sentido. 

¿Hay diferencias entre los fenómenos paranormales y los milagros?

La diferencia entre lo paranormal y los milagros no es muy clara. Me parece que una diferencia es que detrás de los milagros habría una “voluntad extranatural” (Dios, los ángeles, los santos, los espíritus...). Por lo general, solamente se puede creer o no creer en un milagro, es decir, los milagros son asuntos de fe; sin embargo, en ocasiones es posible someter a verificación un pretendido milagro (entonces el milagro se convertiría en un fenómeno paranormal). 

El filósofo Paul Kurtz llama “paranatural” a aquellas manifestaciones que son –al mismo tiempo– paranormales y milagrosas: “He propuesto que usemos el término paranatural para referirnos a afirmaciones religiosas que son capaces de alguna resolución empírica y que no son trascendentales o supernaturales. En este caso son similares a las afirmaciones paranormales comprobables”. 

Primero veamos lo que sucede con el estudio de lo paranormal. 

Es tarea diaria de los científicos enfrentarse al misterio. Comprender la forma en que trabaja la naturaleza es su objetivo, y para llevarlo a cabo se las tienen que ver con fenómenos nuevos o poco comprendidos hasta el momento. ¿Cuál es el problema con lo paranormal? La existencia de los fenómenos paranormales no está demostrada, pero hasta hace unos años los científicos aún discutían si los hoyos negros existían o no. ¿Dónde está el problema con lo pretendidamente paranormal? Veamos.   

1. El Proyecto Alpha de James Randi puso en evidencia lo difícil que puede resultar para los científicos planear experimentos en los que se pueda descartar por completo que el sujeto o “psíquico” haga trampa.  

2. Lo que nos dicen los convencidos es que debemos aceptar estos fenómenos porque sus análisis estadísticos muestran que los resultados obtenidos están un poco por encima de lo que se esperaría por azar. Pero después de revisar la literatura parapsicológica los críticos señalan que los experimentos estuvieron mal diseñados, o que el sujeto podría haber hecho trampa, o que el análisis es deficiente. Por ejemplo, el físico Robert L. Park dice: “Todas las mediciones científicas deben lidiar con cierto nivel del ruido de fondo o de fluctuación estadística. Pero si la relación señal/ruido no puede ser mejorada, y se mantiene siempre constante, muy probablemente el efecto es falso y el trabajo no es ciencia”. A todo esto los convencidos han respondido. La polémica continúa.  

Supongamos que alguien muestra la capacidad para mover objetos con el pensamiento, que lo hace en un experimento bien diseñado, bajo condiciones adecuadas de observación y que es imposible que el sujeto haga trampa. Imaginemos también que al día siguiente el sujeto pierde su capacidad, que le resulta imposible repetir el prodigio. ¿Qué pasaría? ¿Aceptaríamos la telequinesis como un hecho confirmado?  Pues éste es el sinsentido de los fenómenos paranormales.  

No sólo se trata de que su existencia no haya sido hasta ahora demostrada; si lo paranormal existe, estamos enfrentándonos a fenómenos que aparecen y desaparecen cuando quieren, que no permiten su observación directa, o al menos una observación en condiciones controladas, que no se pueden llevar a laboratorio y por tanto que no pueden ser examinados. Los efectos que producen son pasajeros y de poca intensidad, de ahí que siempre puedan darse explicaciones alternativas mucho más sencillas y creíbles. Además de que las estadísticas en las que algunos basan su convencimiento son dudosas o polémicas.  

En la naturaleza existen fenómenos u objetos cuya existencia se ponía en duda. Un ejemplo: sólo después de mucho tiempo y muchas discusiones se aceptó que los hoyos negros existen. ¿Pasará lo mismo con lo paranormal? No. Los agujeros negros no juguetean con los científicos, los físicos realizaron el trabajo teórico y después realizaron las observaciones necesarias. Es decir, los defensores de la existencia de los agujeros negros contestaron a la pregunta ¿qué observaríamos si los hoyos negros realmente existieran? Contestaron las preguntas –siguiendo a los del Círculo de Viena–: ¿Bajo qué condiciones la proposición “los agujeros negros existen” debe ser verdadera y bajo qué condiciones falsa? ¿Cómo puede ser verificada dicha proposición? La propuesta de la existencia de los hoyos negros tenía sentido. Esto no sucede con lo paranormal.  

Escribe Michael Shermer: “Datos y teoría, evidencias y mecanismos: tales son los pilares gemelos sobre los que se puede erigir una ciencia confiable. Sin datos y evidencias, una teoría o un mecanismo no tienen nada que explicar. Sin una teoría o un mecanismo, los datos y evidencias andan a la deriva en un vasto mar”.  

Explica que la deriva continental, propuesta en 1915, no se aceptó sino hasta que se encontró cuál podría ser el mecanismo por el que se desplazaran los continentes. Otro ejemplo que pone es el de la evolución, la que no se aceptó hasta que Charles Darwin y Alfred Rusell Wallace propusieron un mecanismo: la selección natural. Concluye Shermer que “hasta que encuentre a su Darwin, la parasicología seguirá a la deriva y al margen de la ciencia”.  El mismo Méndez Acosta dice: “No hay modelos teóricos del funcionamiento de la telepatía o de los principios de la telepatía o de los principios fundamentales de la telequinesis, por poner un ejemplo. No existe un modelo matemático que represente analíticamente fenómenos como el transporte instantáneo de información compleja a distancia que implica la telepatía, o la creación de energía de la nada que implica la telequinesis o el rompimiento de la relación causa-efecto que acarrea la precognición”. Todo esto significa que el primer objetivo de la parapsicología es dar sentido a los llamados fenómenos paranormales. 

John Beloff realizó una propuesta para darle sentido a la parapsicología: el “Objeto Paranormal Permanente”. 

Los del Círculo de Viena mencionaban: “El criterio de verdad o de falsedad de la proposición se hallará en el hecho de que en circunstancias definidas (dadas en la definición) ciertos datos estarán presentes o no estarán presentes... pero si soy incapaz, en principio, de verificar una proposición, esto es, si ignoro en absoluto cómo proceder o lo que tengo que hacer para averiguar su verdad o su falsedad, entonces evidentemente ignoro lo que efectivamente dice la proposición y seré incapaz de interpretarla...”. 

Lo que realmente se desea con el OPP es terminar con las discusiones estériles, de nada sirven los testimonios o las fotografías, el material anecdótico no sirve más que para contar historias de sobremesa, vender revistas o hacer conferencias. Lo verdaderamente importante es saber si lo paranormal existe o no.  

¿En dónde radica la importancia del OPP? Primero se tendría que dejar en claro lo que se entiende por “cualidades paranormales”. Una vez que todos están de acuerdo en que ciertas características serían algo paranormal, se procedería a analizar el mencionado objeto, se realizarían las observaciones y las mediciones necesarias, y, finalmente se podría determinar si éste tiene o no las cualidades paranormales. El objeto es “permanente” en el sentido de que, siempre que se requiera, lo podrán examinar científicos de cualquier parte del planeta. Así, las cualidades paranormales del objeto en cuestión serán claras para todo aquel científico que lo examine.  

Al buscar el OPP, la investigación de lo paranormal dejaría fuera la telepatía, la precognición, etc. ¿Hay candidatos a ser el OPP? Uno de ellos es el Sudario de Turín. Los mexicanos contamos con otro candidato: la Guadalupana. Aunque en cualquiera de estos casos se trataría del Objeto Paranatural Permanente.  

En el caso de la imagen de la Virgen de Guadalupe, los creyentes mencionan una serie de hechos supuestamente inexplicables. Desgraciadamente cada uno de los misterios ha sido resuelto: José Sol Rosales, quien fuera director del Centro Nacional de Registro y Conservación para Obra Mueble del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), encontró que el ayate es de lino y cáñamo –y no de henequén–, de igual forma ha descrito el tipo de pintura utilizada; Sol Rosales analizó el ayate a petición de Guillermo Schulemburg, ex abad de la basílica de Guadalupe. El investigador Leoncio Garza-Valdés asegura que hay tres imágenes pintadas (una sobre la otra): Marcos Cipac y Juan de Arrue son quienes habrían pintado la imagen de la morenita, y José Antonio Flores Gómez, restaurador de obras de arte, en dos ocasiones (1947 y 1973) le dio una “manita de gato” a la guadalupana.   

Las operaciones de Pachita serían –al mismo tiempo– fenómenos paranormales y milagros. No serían sólo milagros porque el mismo Grinberg intentó explicarlos usando conceptos de la física y neurología. Tendríamos –siguiendo a Kurtz– un fenómeno paranatural. Al tener “resolución empírica”, estas operaciones tienen sentido, ¿o no? ¿Con qué elementos contamos para calificar lo que supuestamente era capaz de realizar Pachita? ¿Con Pachita podríamos hablar de un “Sujeto Paranormal Permanente”? 

Lo que tenemos para analizar los supuestos milagros llevados a cabo por Bárbara Guerrero son las fotografías, los testimonios de quienes fueron operados (o de sus familiares) y el testimonio de Jacobo Grinberg. ¿Es suficiente? ¿Hasta dónde podemos llegar con estos elementos? Pachita ya no está (lo de “permanente” queda descartado), no es posible pedirle que realice sus operaciones bajo buenas condiciones de observación (frente a científicos) y registrar lo que pudiera suceder. En pocas palabras: no es posible ni planear ni llevar a cabo una investigación científica al respecto.  

Pero supongamos que –tal y como lo escribió Grinberg– Pachita realmente fuera capaz de operar, aparecer órganos y realizar trasplantes. ¿Cómo podríamos verificarlo? Simplemente no podemos. Ni las fotografías ni los testimonios son evidencia suficiente. Lo único que podría hacerse es aceptar o rechazar lo narrado por Grinberg. Independientemente de nuestras convicciones personales (un creyente puede argumentar a favor de estos fenómenos, y los escépticos podrán decir con toda razón que las pruebas son insuficientes), Pachita y sus milagros no pueden formar parte del conocimiento científico, ya que “una proposición, cuando dice algo, sólo puede enunciar un hecho empírico. Algo que estuviera más allá de lo experimentable no podría ser dicho, ni pensado, ni planteado...”.   

Aquí hay una cuestión interesante. Paul Kurtz escribe: “si se encuentra una explicación científica para un supuesto hecho paranormal, éste se convierte inmediatamente en un suceso no-paranormal y pasa a formar parte del universo natural”. Dar sentido a los fenómenos sobrenaturales significaría convertirlos en fenómenos naturales, no se puede dar sentido a lo sobrenatural sin destruir este término.  

En la ciencia también se han reportado milagros, aunque tal vez sea mejor hablar de “anomalías”. ¿Cómo se manejan estas anomalías o milagros en el mundo científico?  

Los defensores de lo paranormal podrían decir que no se contará con modelos o leyes en la parapsicología porque sus fenómenos no son naturales. Esto querría decir que estos fenómenos no siguen una regularidad. Según la visión de la mecánica clásica, el universo es semejante a una maquinaria de relojería. Así, es posible predecir todo lo que sucederá en él si se conocen la posición, la velocidad y aceleración de cada átomo.  

La ciencia trata de encontrar las causas de los fenómenos que estudia, encontrar leyes y hacer predicciones. Sin embargo en el mundo de los átomos se ha descubierto que “Dios no sólo juega a los dados sino que además los arroja donde nadie pueda verlos”, es decir, hay fenómenos que ocurren “porque sí”. ¿No es esto paranormal? Ningún científico lo considera así. Esto pone en evidencia que lo paranormal no cuenta con una definición precisa. La mecánica cuántica, a diferencia de la mecánica clásica, es indeterminista, o sea que se basa en probabilidades. A nivel macroscópico también hay fenómenos –como el clima– que no pueden predecirse. El caos determinista es la razón. Tampoco se invoca lo paranormal en estos casos. 

La fusión fría nos muestra lo que sucede en el mundo de la ciencia cuando alguien reporta algo anómalo. Los físicos Fleischmann y Pons decían haber conseguido la fusión fría, pero los pormenores del experimento se mantuvieron en secreto. Cuando toda la información salió a la luz y sus colegas reprodujeron la experiencia, no lograron los resultados reportados por Fleischman y Pons. La polémica se mantuvo por largo tiempo. A fin de cuentas la conclusión es que o se trató de un fraude o de un error.  

Si Fleischman y Pons hubiesen dicho que no había fraude, que tampoco había error, y que sí habían logrado la fusión fría pero que por alguna extraña razón no es posible volver a obtenerla, ¿se hablaría de un milagro en el mundo de la física? Pensemos que efectivamente se hubiera tratado de un milagro, que la naturaleza hubiese llevado a cabo la fusión fría frente a las narices de Fleischmann y Pons. Pues a) no habría manera de saberlo, probarlo o corroborarlo, y b) las posibilidades de engaño o error son más creíbles.

Así, los milagros en general y los milagros científicos en particular solamente podrían creerse o rechazarse pero nunca podrían verificarse. Por sus características no están al alcance del conocimiento. Carecen de sentido. No digo “no existen los milagros o no existe lo paranormal”, sino algo totalmente distinto; a los defensores de lo paranormal no les digo “lo que ustedes afirman es falso”, sino “lo que ustedes afirman no dice nada en absoluto”.  

Decía más arriba que dar sentido a lo paranormal es destruir el término. ¿Pasa lo mismo con lo paranatural? Me parece que sería distinto. De verificarse los elementos anómalos del Sudario de Turín o de la imagen de la Guadalupana se comprobaría su esencia extranatural o divina, se estaría demostrando que los dioses se manifiestan en nuestro mundo.   

Una última reflexión. Los métodos científicos se han inventado, desarrollado y perfeccionado para estudiar “lo dado”, lo natural. ¿Sería posible estudiar con los mismos métodos lo supuestamente sobrenatural? ¿Es válido tratar de comprobar la existencia de los fenómenos paranormales como si se tratara de comprobar la existencia de algún fenómeno de la naturaleza?  

Las metodologías científicas se han desarrollado para investigar la naturaleza, ¿por qué deberían servir para estudiar lo no-natural? Usar ciencia en el estudio de lo paranormal o lo paranatural es una empresa destinada a fracasar. ¿Por qué usar los medios y métodos con que se investiga la naturaleza para investigar lo que supuestamente está fuera de ella? Aunque dichos fenómenos existieran, el sólo hecho de pertenecer a un pretendido mundo extranatural los pone fuera del alcance del conocimiento. Carecen de sentido. 

Y así como Carnap explicaba el atractivo de la metafísica diciendo que las pseudoproposiciones no servían para describir relaciones objetivas (existentes o inexistentes) sino para la expresión de una actitud emotiva ante la vida, Mario Bunge afirma que la parapsicología trata de suministrar un sustituto de las religiones establecidas: “Este último fue objetivo explícito de la Society for Psychical Research, fundada en momentos en que la revolución darwiniana había minado al cristianismo”.

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REFERENCIAS
 

- Ayer, J. A. “El positivismo lógico”. Siglo XXI.

- Grinberg-Zylberbaum, Jacobo. “Pachita”. Colofón. México. 1994.

- Park, Robert. “Ciencia o vudú”. Grijalbo. Barcelona. 2001.

- Bunge, Mario. “Seudociencia e ideología”. Alianza Universidad. México. 1986.

En internet: 

-Balej, Jorge. “Ciencia. pseudociencias (y ciencia ficción)”. En “Quintadimensión”. http://www.quintadimension.com/article148.html

- Kurtz, Paul. “El CSICOP después de diez años: reflexiones acerca de la ‘tentación sobrenatural’”. En “La Alternativa Racional”. No. 4. Septiembre de 1986.
http://www.arp-sapc.org/publicaciones/lar4.html

- Vera, Rodrigo. “Un restaurador de la Guadalupana expone detalles técnicos que desmitifican a la imagen. en Proceso”. http://www.sectas.org/Secciones_Especiales/
canonizacion/vera_proceso.htm

- Vera, Rodrigo. “La Guadalupana: tres imágenes en una”. En “Proceso”. http://www.sectas.org/Secciones_Especiales/
canonizacion/guadalupana.htm

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Herbert Feigel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Albert Einstein

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Philipp Frank

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Ernst Mach

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Hans Hahn

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Bertrand Russell

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Moritz Schlick

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Gottlob Frege

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Rudolph Carnap

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Gustav Bergmann

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Ludwig Wittgenstein

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Alfred J. Ayer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Kurt Gödel y Einstein

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Friedrich Waismann

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Otto Neurath

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Karl Menger

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Karl Popper

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Andriha Puharich y Pachita

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Pachita operando a Puharich

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Mario Méndez Acosta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Carl Sagan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Thomas Paine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Paul Kurtz

 

 

 

 

 


James Randi

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Robert L. Park

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Michael Shermer

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Alfred Russell Wallace

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


John Beloff

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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